En la furia del infinito tiempo, se dibujo las entrañas del tosco volcán, allí cabían los espíritus primeros, en ellos la luz y la verdad, resurgir cada cien años era una profecía ancestral, el fuego estuvo en Bolívar, pero antes en Tekun Umam.

Hay fuego en los ojos de la rebeldía, porque Xólotl enojado esta, en su boca lleva histeria y en sus brazos sacrificio, pero equilibrado con el cielo, así nacen los Jesucristos. El viento lleva el soplo de la indignación, cientos y miles de años para la liberación.

Los náhuatl poblaron estas tierras, en su promesa divina estaba ser los herederos de la paz, cuando vislumbraran la estela de la luna en el reflejo del agua turbulenta. Así se dirigían hacia el sur, caminando años, creyendo encontrar lo prometido y quedándose sin olvido.

Xochitl alumbraba los caminos, porque ella sabía del futuro, aquellos hombres y mujeres de fe, tendrían calamidades y hambre, mientras la fe no muriera, esos dioses perdurarían; pero luego cayó el rayo al mictlan, los hombres, las mujeres olvidaron la fe…

Los dioses los abandonaron a su suerte, ellos deambularon sin encontrar lo prometido, hasta que Ochomogo brotó de la tierra, un tremor profundo sacudió el continente y de ellos cientos de navegantes rocas humeantes resurgieron del manto sagrado. 

La profecía cumplió el ciclo, pero la fe se había perdido, vino entonces la envidia, la maldad y la traición en la antorcha oscura del barbudo español. Nuestros hermanos confundieron al hombre de las bestias con el dios que los abandonó, Quetzalcóatl ha vuelto, la fe ha de regresar. 

Dolor de parto, el maíz tapiscando, “Gracias, hoy hay nuevo Teyte”, nació Diriatzin, en su alma de rebelde estaba la libertad, un suspiro de aliento que depositaron los dioses para enfrentar la maldad.

Con obsidiana y pedernal, creció la conciencia, comienza la lucha con el cruento rival. Gotega, Mombacho, Morati y Nandapia, por allí pasó el hombre infernal, sometiendo a 12, 607 almas, la fe estaba muriendo, los dioses lloraban, la cruz se imponía con sangre y dolor.

Pero Xochilt que tanto nos quería parió la promesa de la liberación, en su grito de madre estaba la luz, en su llanto el Amor, en sus caricias la Justicia. Nació en el éter un soplo divino, 29 con él, espíritus de vida.

Cayó combatiendo Diriatzin al hombre blanco guerrero, Apastepe se acercó en su lecho y formó de su sangre la sabia bendita, con la tierra formó una montaña inmensa, Diriatzin se convirtió en Jaguar, cuida la tierra, resurge 100 años en las cosechas del bien con la maldad, era su destino no morir jamás, el indio guerrero nacería una vez más.

En el fuego está la pasión, el dolor y la creación. Otra vez el hombre blanco y guerrero manchaba de sangre las tierras de la promesa náhuatl. Diriatzin volvió, ya no era jaguar, en Niquinohomo creció, Xochilt bajó de los cerros divinos convertida en mortal, de la sangre del justo y oprimido nació la libertad.

El Popogatepe en el cielo celebró, en la tierra los hombres lo rebautizaron como Masaya, pero en su cumbre la luz centelleaba y en los caminos de Niquinohomo el niño se preparaba.

La venganza de Diriatzin en sus ojos, en sus manos el dolor de Xochilt, la fe y la convicción eran sus armas, los mortales le llamaron Sandino, el era de otras tierras.

Hijo de la luz y la justicia divina, bautizó con libertad las tierras benditas, derrotó la maldad, cumplió su misión, quedó la leyenda, quedó la inspiración, en las entrañas de la tierra el fuego abrazador, continua pariendo los futuros dirianes, paseando por Telica, Momotombo y los Andes, como un temblor continental allí nace la vida, con Sandino cruzando fronteras, en Espíritu y Amor.